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Reloj no marques las horas porque voy a enloquecer... así suena en nuestras cabezas este bolero, cuando estamos esperando una mesa en un restaurante.
Y es de locos, sobre todo los días viernes y sábados, y más aún en horarios pico tales como 21:30 o 22:00. Es ahí cuando, apiñados con otros desconocidos a un lado de la puerta de un restaurante, al calor de las masas, uno se anota en la famosa lista, que generalmente no posee orden lógico o secuencia adivinable (¿no les parece algunas veces que sin razón aparente un grupo con la misma cantidad de personas que el nuestro pasa antes que nosotros a pesar de haber llegado bastante más tarde?). Es allí donde uno aplica un código mnemotecnico: la pelirroja estaba primero, después el del pantalón arrugado, la señora de la peluca, el que se parece a Sean Connery luego de una fuerte gripe...
Al instante dejamos de ser desconocidos para ser personas hermanadas en una causa. Expresiones como “Es una cosa de locos, dicen que hay crisis y miseria y sin embargo los restaurantes están todos llenos, vea usted”. “Lo que pasa es que en este país es lo único que se puede hacer todavía” empiezan a florecer por doquier, con una filosofía pobre de autocompasión. Y exclamaciones tales como “¡qué barbaridad, hace ya más de una hora que estamos acá! (cuando a veces sabemos que no pasaron ni veinte minutos).
¿Por qué es el peor lugar para esperar? Simplemente molestamos a todos, y todos nos lo hacen saber. Los que pretenden abrir la puerta para salir o entrar, los mozos que tiene que pasar con las bandejas cargadas y seguro que también interrumpimos el paso al baño. ¿Por qué hay muy pocos restaurantes preparados para darnos una espera grata? Todo cambiaría solamente con una barra y unas banquetas, o un living, donde podamos pedir un trago o copa de vino y tal vez, si la espera va a ser larga, unas tapas.
Llega la hora de la resolución y las grandes interrogaciones. ¿Y si nos vamos? ¿Y si justo se desocupan mesa después de irnos? ¿Y si vamos a otro lugar tendremos que esperar una hora más? La gran incógnita no es fácil de desvelar, y con nuestra suerte seguramente se vaciarán las mesas ni bien demos vuelta a la esquina.
¿Qué es lo peor de todo? Sin duda alguna el tiempo relativo, que representa diferentes dimensiones para el comensal y para el o la recepcionista. Me dijeron que la espera es de 20 a 30 minutos y llevo casi una hora de pie, inundando mi estómago de jugo gástrico. Y se me ocurre una duda existencial: para los recepcionistas ¿a cuánto les cotiza el minuto?
Claudia Caprile para ViaGourmet
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