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En un blog, Gillespi refleja como nadie el dilema de pedir empanadas. Para no parar de reír. Delicioso!
Contrariamente al estereotipo que uno tiene sobre comidas “típicas” o de consumo habitual en determinados lugares del interior de Argentina, puedo afirmar con énfasis que la ciudad de Buenos Aires es -por lejos- el lugar del planeta donde más empanadas se comen.
Esto lo podrán corroborar si, de paseo por el norte del país, se les ocurre decir: “Bueno, ahora nos clavamos unas buenas empanaditas con un tintorro”; sin duda confirmarán que es casi imposible, no existe un lugar donde conseguirlas, y se desayunarán -por ejemplo- que “la gorda Amancia”, quien prepara esas tan sabrosas y afamadas, sólo trabaja los domingos.
Por lo contrario, si usted desea comerse algunas en el mismo momento que va leyendo esta nota, sólo tiene que mirar el imán de la heladera yllamar por teléfono para ver satisfecho su antojo en pocos minutos.
Esta oferta generosa y divina no está exenta de fastidiosos contratiempos como los que con frecuencia acontecen cuando un grupete de amigos decide juntarse a comer en la casa de alguno de ellos.
Por lo general, para facilitar el evento y su organización, varios optan por llevar las bebidas, palitos, maníes, un par de salamines y, una vez que están todo s, “pedir unas empanadas”. Lo que se dice un plan simple y práctico a más no poder.
Pues bien, se larga con la picadita, se degustan los primeros vinos y el anfitrión que al rato consulta: “¿Las encargo ya?”.
Expeditivo les facilita un folleto con los gustos a elegir y en ese preciso momento, sin que nadie lo haya notado, cae el primer rayo que presagia la gran “tormenta de repulgues”.
Uno imagina que el grupo “va a colaborar” y la "harán fácil".
¡No!... nada más alejado de lo que a menudo pasa.
A saber: una pareja pide cuatro de carne suave y cuatro de carne picante. “Aclarale que sean cortadas a cuchillo”, dicen con tono de advertencia. Otros dos, que aseguran ser vegetarianos, exigen tres de humita, dos de espinaca y tres capresse. En este punto el dueño de casa, algo confuso, solicita un minuto para ir en busca de papel y una lapicera para anotar.
Siguen los pedidos. Cuatro de atún y tomate, otras cuatro de huevo con cebollas pero sin pasas de uva, una de fideos moñito suave, dos de mostacholes picantes, cinco de pollo sin ajo, otras seis de zanahoria y rúcula, por último tres de trigo burgol con ananá. El fastidio conduce al anfitrión a preguntar: "¿Alguien está queriendo alguna de virulana y verdeo?" mientras toma el teléfono para llamar al delivery. Pasado un minuto se lo nota discutir con la persona que lo atendió. Uno presiente que las cosas no serán fáciles cuando se lo escucha gritar: "¡¿Qué querés flaco... que te pase el pedido por mensajito de texto?!"
Las cosas no mejoran al llegar las empanadas. Todos están sentados, ansiosos, alrededor de unas bandejas de cartón y un supuesto mapa de marquitas. Puntos, redondeles, orejitas, triángulos isósceles, obtusángulos escalenos, letras, la cara de Mickey, etc., y la confusión cunde por doquier. El apetito es mucho y aprieta. Todos entran a encarar a ciegas manoteando lo que venga. La novia de uno, mientras habla con la boca llena y les muestra el mazacote relleno con un pedazo faltante, pregunta:
“¿Quién pidió esta porquería de mostacholes?”. Un desaforado grita: "¡Yo!", y se la recibe, y se la morfa. Poco a poco se van pasando las empanadas previamente manoseadas, mordidas... y algunas baboseadas.
Una deliciosa cena gourmet. Entonces, con el asquito a flor de estómago, yo les pregunto: "¿Por qué no piden todas de carne y se dejan de joder?"
Fuente: Clarín
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