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Jordi Raventós se alzó, entre más de 400 participantes, con el premio que le reconoce como el sumiller del año.
Sante Lancerio, «bottigliere» del Papa Pablo III, aparece en los libros de historia como el primer sumiller conocido. Su función como experto en vinos era servir refrigerios y ágapes al Pontífice y velar porque los caldos que ingería no estaban envenenados. En plena época renacentista, las confabulaciones y conspiraciones en la corte regia y monástica estaban a la orden del día.
Desde entonces, siempre ha existido un especialista encargado de probar los vinos que el Papa, el rey o un noble de postín debían ingerir antes de ofrecerles su visto bueno.
El triunfo del sacrificio
Una tradición que llegó a España y se implantó de inmediato entre los ámbitos vitivinícolas que la recorrían. De ahí que, para honrar dicha tradición, se haya celebrado este fin de semana en Madrid, en el Hotel Eurobuilding, la 17ª edición de «La Nariz de Oro», un certamen nacional que cada año elige al mejor sumiller de entre 400 participantes llegados de toda España.
Organizado por la revista «Vino y Gastronomía», el concurso ha reunido durante dos días en la capital a los mejores «olfateadores» del territorio patrio. El premio final, una copa dorada con una nariz adherida -obra del escultor Antonio López-, simboliza, según Sofía Magaña, directora de la revista, «el triunfo del sacrificio de una profesión que, tras años de ostracismo, por fin se ha hecho un hueco en España».
Sin embargo, para llegar a tan prestigiosa final, 70 sumilleres ganadores de las rondas previas en las diferentes comunidades autónomas debieron superar distintas pruebas de cata. Ya en la definitiva, y durante 7 minutos, con el silencio presidiendo una sala plagada de aromas y sabores, los nueve participantes olfatearon 5 bebidas alcohólicas de cualquier tipo y lugar del mundo.
Le sirvieron los caldos en copa negra y tenían prohibido utilizar cualquier sentido ajeno al olfativo. Debían ajustarse a unos criterios rigurosos que valoraban su credibilidad como sumilleres, a saber: nombre del producto, tipología, procedencia, etc. Algo que no es nada sencillo, según declaró uno de los participantes: «La gente desconoce la dificultad que supone detallar con la mejor descripicón y la mayor precisión lo que estás oliendo».
Humildad y formación
Finalmente y tras una reñida deliberación, el jurado otorgó el premio «Nariz de Oro 2008» a Jordi Raventós, un catalán que ha seguido la tradicion familiar cuando muy joven decidió dedicarse al mundo de la hostelería: «Son muchos meses de trabajo para llegar hasta aquí» comenta este catador de 35 años para quien «la humildad y la formación» son las dos claves de todo buen sumiller. Publicitó su lugar de trabajo, el Restaurante El Bosc (Tarragona), y defendió que «con concursos como éste se abre el camino a nuestra cultura». Fue el epílogo que coronó a la mejor nariz de España como rey de sumilleres.
Fuente: La Razón Digital España
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