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La vida en rosé PDF Imprimir E-Mail
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Escrito por Joaquín Hidalgo   
miércoles, 08 de octubre de 2008

 

Así como hay una media estación en la ropa, la hay en los vinos: los rosados representan ese raro punto entre primavera y verano en que el paladar no se decide qué beber.

Se toman fríos, nuevos y sin prejuicios. Su consumo aumenta y comienza a dejar atrás el apartheid que lo tuvo a raya: el rosado es hoy cosa seria.

Las cuestiones de color tallan hondo en las sociedades. Así lo prueban las diferencias entre negros y blancos que atraviesan el mundo con segregación. Con la misma lógica del apartheid los rosados quedaron fuera del vino de calidad y los prejuicios acotan su universo a cosa de mujeres, sentimientos light y en el más recalcitrante de los casos a la comunidad gay.


Haga su análisis de conciencia. Llega la última hora de la tarde y el hambre impone una picadita. Lo clásico sería un desvalorizado vermú –hablando en criollo- pero también se puede explorar un nuevo terreno y tentarse con un vino que no nos mande a dormir antes del horario de protección al menor. ¿Le echaría el ojo a un fresco, joven y frutado rosado en la góndola?


Probablemente no. «El rosado es cosa de maricas» le dijo un consumidor una vez a este cronista, como si acaso fuera doble censura el color y el gusto sexual. Cierto es que los recios consumidores de tintos lijas no elegirían jamás el sensual paladar de un rosado, porque podría mancharles el orgullo. Y no es menos cierto, de paso, que cada vez más consumidores lo eligen, según  muestran los datos duros en el mundo.


Las estadísticas afirman que junto con frizantes y blancos son el terreno más móvil en materia de vinos. En Estados Unidos e Inglaterra, por citar estudios de Nielsen, los números dan en alza desde 2005 con un promedio del 5 y 6 por ciento anual. Estos datos en nuestro mercado se corroboran con una simple visita a la góndola: a la fecha no hay ninguna bodega de peso que no tenga su rosado y en una cuenta fácil se enumeran hasta 40 etiquetas.



rose.jpgVinos irreverentes


Para quitarles connotaciones de género y color conviene espejarlos en el genial personaje creado por Friz Freleng y mejor musicalizado por Henry Mancini: La Pantera Rosa. Irreverente, algo atorrante y desconcertante, ese felino asexuado que fumaba en boquilla chic representa el espíritu de estos vinos más fiesteros que festivos. Sino, haga la prueba.


El caso es convocar a una cena o pisar la tierra culinaria de un restaurante. La elección de los platos pueden ladear desde una pescado magro a un guacamole con chile, saltando la barrera de unas pastas fileto, pinchando cherries en una ensalada capresse o metiendo la cuchara en un postre dulcísimo: a todos ellos la cintura gastronómica del rosado sabrá ajustarse.


El secreto es que ningún otro vino tiene la ligereza y el peso en boca, combinados con frescura y frutalidad como son los rosados. Una ecuación que cuadra en el amplio espectro que va desde un rápido almuerzo de trabajo a una pausada cena romántica. ¿Cómo es que un sólo vino reúne todas estas características y aún es una sorpresa para el público?



La vuelta del rosado

Fueron furor hace unos cuarenta años. Elaborados con uvas rosadas, como las criollas, fueron la piedra angular de una industria más voluminosa que apetecible. Eran dulces en su mayoría y tenían el sabor diluido en la cantidad. De ahí a convertirse en el enemigo número uno de la calidad, no hubo mediaciones y a la hora en que los vinos pegaron el estirón en los noventas, quedaron rezagados.


Cayeron en el olvido hasta que, ahora, las técnicas de elaboración de tintos concentrados –como la sangría- les devolvió parte de su dignidad. En la vereda de enfrente, los mejores suelen ser los blancs de noir (vinos pensados como rosados y no el subproducto de vinos tintos), aunque la enología de hoy permite tener buenos rosados casi con cualquier técnica.


Al empuje del lado de la oferta –plasmada en número creciente de etiquetas- la demanda respondió y los rosados parecen volver. De la mano de grandes campañas publicitarias impulsadas por las primeras marcas, el retorno del color de la pantera está garantizado. Como consumidor conviene tener en mente un puñado de consejos fáciles: se beben fríos, siempre dentro del año de cosecha para que sean explosivos, y los mejores aún provienen de merlot y malbec, aunque los hay syrah muy buenos. Además, alcanzan una óptima relación precio-calidad en torno a los 20. Ahora que despunta el calor, téngalos en mente.

Fuente: La Mañana Neuquén

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