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Para cerrar la noche quisimos ir a cenar a este restaurante de comida griega, pero no nos recibieron bien.
El viernes a la noche fuimos con una amiga a ver la película Mamma Mía, un musical llevado a la pantalla grande, y que se desarrolla en Grecia. Como la función era temprano, decidimos que luego iríamos a cenar a algún restaurante. Nos pareció bueno ir a este lugar donde, además de disfrutar de platos típicos griegos se puede ver un show, con bailes tradicionales (e imagino con rotura de platos también!). Como muchos años trabajé en gastronomía, tuve la precaución de realizar la reserva, porque los viernes a la noche la gente suele salir a cenar y los lugares están generalmente repletos.
Cuando me comuniqué por teléfono no tuve inconvenientes con la reserva y pregunté si se veía bien el espectáculo, a lo que me respondió la persona que me atendió que se sí, pues era en el salón principal. A la noche, cuando salimos del cine fuimos hasta este restaurante. Nos recibió un hombre joven, nos preguntó si teníamos reserva y le dijimos que sí. Cuando le dimos el nombre (que estaba en la lista de reservas, según confirmó) se dirigió al salón principal, miró para todos lados mientras balbuceaba cosas como “siiiiii”, y “la reservaaa”. Nos guió luego hacia una mesa para dos personas que no estaba en el salón principal, sino que en el peor lugar del restaurante, a pocos pasos de la puerta de entrada (por donde se colaba un viento frío cada vez que alguien entraba). Nos sentamos y coincidimos con mi amiga en que, si uno reserva una mesa, deberían avisarte que la única que tienen es fuera del salón principal y casi en la puerta. Pero observando, para mi disgusto, vi otras mesas desocupadas. Llamamos a este joven y le preguntamos si tenía otra mesa, y nos respondió que no. Le pregunté cómo es posible que, si uno reserva con anticipación, te toque la peor mesa de todas.
Lo único que obtuvimos como respuesta fue una cara de nada, y un monosílabo que se repetía: no. Le dijimos que entonces nos retirábamos, pues en ese lugar tan cerca de la puerta hacía mucho frío, y recibimos de él más cara de nada. Caminamos hasta una parrilla en Pellegrini y Presidente Roca donde nos atendieron muy bien, y comimos bien, pero eso es otra historia ya.
Creo que en muchos restaurantes (no sólo de Rosario) el respeto por el cliente fue perdiéndose, toman una reserva para luego ir ubicando primero a amigos, conocidos y gente que simplemente llega sin tener reserva, contando con que nosotros nos quedaremos de todas maneras. Una reserva pasa a ser así un espacio confirmado, y pareciese que, como es un público casi cautivo al que no hay que seducir para que venga, le dejan lo peor del salón. En varias oportunidades me ha pasado e incluso, en un lugar que está como de moda, la recepcionista me hizo esperar porque llegué 10 minutos antes del horario reservado, molesta por esta puntualidad, dándole una mesa a dos personas que llegaron luego sin reserva (ahí noté que me habían reservado una mesa, que la habían ocupado hasta que se cumpliera el horario y que la recepcionista no tuvo siquiera la intención de darme otra mesa de las que estaban desocupadas).
Ser un cliente querido se está haciendo cada vez más difícil, y aunque sabemos que ningún restaurante se va a fundir porque no vayamos a comer allí, nosotros tampoco moriremos de hambre por dejar de visitarlos. Por suerte aún nos quedan unos pocos lugares donde nos hacen sentir como si estuviésemos en nuestra propia casa, y nos hacen sentir realmente cómodos. Brindo por ellos.
Claudia Caprile para ViaGourmet
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