Ese preciado manjar PDF Imprimir E-Mail
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Escrito por Andrés Filipini   
viernes, 11 de enero de 2008

 

Desde España, Andrés Filippini nos endulza los oídos y nos toca el alma con su propia experiencia con el dulce de leche en la madre patria. Entre nostálgico y cómico este relato nos acerca a este preciado manjar. 

“...mucha gracia guente buena Arguentina
Siempre vuelvo a Arguentina
Poncho-mate-pampa-gaucho Arguentina”

Este es uno de los sketches que más me hace reír del Cha-Cha-Cha de principios de los noventa; y que quince años después, y gracias a youtube, los internautas exiliados que echamos de menos lo telúrico, podemos disfrutar sin tener que disciplinarnos a cuestiones de fechas y horas, para el disfrute del enterteinment patrio.

En dicho sketch están Casero, Capusotto, Alberti, Mex y Alacrán disfrazados de rockeros. Visten jeans gastados, chalecos de cuero, vinchas y pañuelos. En la introducción Alfredo Casero dice las tres oraciones de arriba, como prólogo a una canción en clave de zapada que ensayan: “Sólo soy un pedazo de atmósfera”.

Y yo pienso que a los cuatro sustantivos del final que caracterizan a nuestro pueblo, habría que agregar el dulce de leche.

En los seis años que llevo viviendo este exilio por opción, aprendí que el dulce de leche no es un producto 100% argentino. Al menos, colombianos, mexicanos y peruanos  comparten nuestro gran placer dulce también; algunos con el nombre de “manjar” o “manjar blanco”. Los europeos también tienen algo muy parecido -el toffe-, que tiene un sabor parecido pero que no es igual, porque primero se hace un caramelo y luego se lo mezcla con crema de leche. 

Pero bueno, si queremos y nos hace sentir bien y distinguidos, digamos que el dulce de leche es argentino. Y ya está. Sigamos creyendo ese cuento que dice más o menos “...una de las sirvientas del General Rosas olvidó la leche azucarada en el fuego para acompañar el mate, y al volver se encontró...”

Me suena más bien a ficción. A un montaje destinado a chicos con cuatrocientos pesos en el bolsillo al mes que invierten en cursos de cocina.  
Pero al fin de cuentas, donde haya habido leche y azúcar, seguro hubo dulce de leche.

En este último tiempo, me he encargado de hacerlo en varias ocasiones; ya sea por los alfajorcitos de maicena o para untar una simple tostada, no me quedé con las ganas. En una ocasión le dediqué las dos o tres horas que lleva hacerlo tradicionalmente. Y en otras cuantas, simplemente calenté latas de leche condensada hasta conseguir nuestro argento maná. 

Lo más curioso me pasó esta tarde, al entrar en El Corte Inglés a comprar unos paquetes de Rosamonte; justo al lado de la yerba, había un envase parecido a los del shampoo que ponía “dulce de leche”. Era de la marca “La lechera” -empresa española-, y aclaraba en su etiqueta que era una novedad.

En la parte de atrás del envase podía leerse:
“El dulce de leche es un postre tradicional a base de leche condensada. Su inconfundible e intenso sabor a caramelo y textura aterciopelada lo hace indispensable en el hogar: simplemente untado en galletas o pan, en crêpes o panqueques; para preparar batidos; rellenar o cubrir tartas; como ingrediente de muchas recetas de fácil preparación y también para acompañar helados, frutas, yogur, queso fresco...”

¿Para acompañar frutas? ¿Yogur? ¿Queso fresco?
¡Qué asquito dios mío! Bueno, a decir verdad conocí a alguien que le ponía dulce de leche a los duraznos en almíbar, pero de ahí a ponerle al yogur o al queso fresco...

Bueno, al menos hay dulce de leche a mano en el supermercado.
El envase se parece al de un H&S para cabellos dañados o teñidos, pero es lo que hay por dos euros. Sino, hay que hacer un esfuerzo de tres euros más hasta llegar al frasquito de Chimbote, importado desde Argentina.

Si me dan a elegir a mí, prefiero el San Ignacio de cartón que me parece el más rico de todos. Y sino, el que viene en lata. De paso, una vez vaciado el contenido, los chicos de cinco a nueve años pueden guardar allí sus bolitas -japonesas de tres colores, de porcelana o aceritos- para ir a jugar.

Muy seguro no estoy que el dulce de leche sea un invento argentino. Pero el arte de agregárselo a flanes, tortas de hojaldre, panqueques, bananas, helados, tortas de chocolinas, o simplemente abrir la heladera y comerse una cucharada, eso sí que es bien celeste y blanco.

Andrés Filippini para ViaGourmet 

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