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Recuerdo la botella de Quilmes desde muy chico; por mi abuelo, quien la acompañaba con sandwiches de miga de todos los colores. Sobre todo cuando era mi cumpleaños o el de mi hermana; él se tiraba todo el día preparando los sandwiches para nuestras fiestitas. ¡Qué placer verlo y recordarlo!
Más adelante en el tiempo, cuando fui adolescente, tomé alguna que otra cerveza en “Garage” o “Space”, recién estrenados los noventa. Fue en aquel entonces, en alguna noche tibia de verano, que me senté por primera vez en el bar de los hermanos Blanco, por calle Pellegrini. Mi gran amigo Pablo, vecino del barrio, pidió por todos. Más que por conocimiento, por la “gracia” de beber más de medio litro por persona. Sólo le mostró, desde diez o doce metros, la mano abierta al mozo; y al ratito estaba el flaco con su bandeja llena de “jarras tanque”. Una muy buena medida de cerveza, de barril –por supuesto-, que no se enfría ni pierde las propiedades porque la sirven en un envase de porcelana, creo, el cual posee una manija que impide que nuestros 36 grados le suban la temperatura a la delicada bebida dorada. Incomparables noches de placer, amenizadas por cazuelas de salchichas y mondongo, frankfurts o milanesas picadas con pickles. Hubo una película de surfers en los noventa que lanzó a la fama a la cerveza Corona (“Coronita” en España), proveniente de México; creo que se llamaba “Punto límite” en castellano. Esa peli, junto al famoso “uno a uno”, hicieron que en muchos boliches se vendiera esa cerveza, servida casi de memoria con un twist de limón. Para destronarla aparecieron las americanas e importadas Miller y Budweiser, y en los supermercados se podían ver hasta cervezas japonesas. Qué locura. En mi época patagónica de mochilero-andinista-degustador de corderos asados en campings, me preocupé por visitar El Bolsón. Creo que fue un viaje en bicicleta con mi supercuate de toda la vida. Verano de falso hantavirus, propagado por los medios de prensa para favorecer el turismo en la costa atlántica. Y lo consiguieron, obvio. Así que el sur era cosa para unos pocos valientes, que creímos que los afectados eran sólo un caso aislado. Al pasar por El Bolsón nos agarró la lluvia y no paró por tres o cuatro días, en los cuales nos vimos obligados a parar en un camping donde también fabricaban cerveza artesanal. Un señor “fuerte” de barba espesa era el jefe de familia, y tenía dos hijos; uno estudiando en Buenos Aires y otro, Guillermo, que vivía con ellos. Este era asmático y residían los tres todo el año en Córdoba, para pasar el verano en El Bolsón. Esos días los aprovechamos para ver cómo hacían la cerveza, pero no con el interés que le imprimiría ahora. Todavía puedo sentir el olor profundo del grano tostado fermentando, que invadía todo el camping. En una de las noches, el colorado de barba sacado de “El señor de los anillos”, mágico y buena gente, mientras nos preparaba una pizza nos contaba que era de Quilmes, Buenos Aires, de sus viajes por Europa en combi con los críos recién nacidos, y de su amor por la cerveza. Cuando al probar esa pizza increíble le pregunté qué le había puesto, él me contestó: “un poco de amor”, sonriendo. Años más tarde comprobé que en Bariloche lo habían plagiado; sacando al mercado cervezas negras, ahumadas, de frambuesa, etc. Pero qué sería del mundo sin ideas nuevas, copiadas y reinventadas. Como no podía ser de otra manera, en mi paso por la ciudad bávara de Munich allá por el 99, visitamos con un amigo un patio cervecero del casco histórico. Hofbräuhaus se llamaba el lugar, y era famoso porque en el mismo Adolf Hitler había dado un discurso en la década del treinta, interrumpiéndose éste porque los parroquianos comenzaron a lanzarle con sillas. Fue allí donde, confusamente, mi amigo y yo comenzamos una entreverada charla con otro par de amigos irlandeses. Por mis clases en la “cultural” estaba al corriente que el inglés que se hablaba en Europa era diferente al de las películas americanas, que me sonaban más. Pero hablar con un irlandés de Cork, y su primo del campo fue una odisea. Incluso a veces pienso que nos entendimos solamente gracias a la borrachera que llevábamos cada uno de los cuatro. Munich era una fiesta, y las jarras tanque de los hermanos Blanco eran un poroto comparadas con las de este sitio. Los brindis enérgicos con cualquier turista instalado allí no conseguían ni siquiera rajar estos auténticos floreros. La música en vivo era alucinante y la comida dos veces alucinante; codillos de cerdo con puré de manzanas, salchichas, kassler garni, choucroute y todas las delicias alemanas que a uno se les cruce por la cabeza. Pero, de esa charla con los primos irlandeses comencé a desarrollar mi afición por la cerveza negra, y por la más auténtica y reconocida de las porters: la Guinness. Salimos de esa tradicional casa en busca de mi primer irish pub y lo encontramos sin dificultades, ya que en las capitales europeas hay más de una docena en cada una de ellas. Sólo hay que buscar ese cartel oval y negro, con un arpa dorada en el centro que reza “Guinness 1759”. Allí bebí mi primera pinta, medida anglosajona de alrededor de medio litro. Me llenaron el vaso tres cuartas partes, y al inclinarme para agarrarlo sentí una cachetada en el antebrazo: era uno de los irlandeses explicándome furioso, casi en gaélico, que había que dejarla reposar para poder completar el vaso y servir la cantidad justa de espuma. Además, con ese último chorrito, algunos muy buenos bartenders pueden incluso dibujar el clásico “shamrock” –el trébol que identifica a la gente de Irlanda-. También me familiaricé con el tucán, icono de la marca. Como así también con otros dibujos típicos de los carteles publicitarios. Ahora me acuerdo que mi viejo tenía un portalápices hecho con una latita de esta cerveza; igual fue de la época de Martínez de Hoz, cuando entraban cosas importadas al país o, por qué no, se la trajo algún embarcado cuando él trabajaba en Somisa. Ya le preguntaré. En ese mismo viaje, no paramos de tomar Guinness; ni en Berlín, ni en Amsterdam (donde visitamos el museo Heineken), ni en París, ni en Londres. Y lo mejor vino en Dublín, donde pudimos conocer el mismísimo río Liffey, de donde se extrae el agua esencial para fabricar la cerveza. Allí tomamos alguna que otra foto interesante; por ejemplo la de un camión repartiendo barriles de Guinness, el que concluimos que tenía una capacidad de 16 mil litros. Y alguna que otra toma en el pub en el que más tiempo permanecimos: Fitzsimmons, una ochava negra con ribetes dorados, tal cual el Kilkenny de Marcelo T. de Alvear y Reconquista en el porteño barrio de Retiro. Allí tocaban música celta en vivo y covers de U2, en plena Temple bar street. Difícil olvidarse de la pelirroja que tocaba el violín. Slainte! Creo que esas fotos se las regalé hace más de un lustro a Mauro, un barman que trabajaba en el pub de Paraguay casi Salta. Las pinchó en la barra, y hace un año creo que las he visto en una vitrina saliendo de los toilettes. Qué lástima el post-corralito, y ese bar vendiendo cervezas nacionales. Pero gracias a Rodrigo y a gente como él, que se aventuran en esos quilombos, algunos pudimos disfrutar y recordar alegres noches en Dublín mientras vaciábamos algún barril de Guinness. Bueno, saludos desde España. Por acá puedo tomarme alguna que otra Guinness, o por qué no, una Budweisser checa. También hay devoción por la Franciskaner o por la Paulaner. Pero si están en Rosario, que tanto lo extraño, sin lugar a dudas, una jarra tanque con milanesa picada. Y como sé que hace frío y a lo mejor no hay lugar adentro, o no les gustan los leprosos, un balón o un liso en Gorostarzu, porción de mozzarella y anchoa. ¿Qué más? Andrés Filippini para ViaGourmet
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